Niña, deja de joder con el algoritmo

La crisis surge cuando lo antiguo no acaba de irse y lo nuevo no acaba de llegar decía Bertolt Brecht. Ojalá fuera así para nosotros. A nosotros nos ha tocado vivir una época “apasionante” en términos de maldición oriental. Para nosotros lo nuevo está en todas partes y lo viejo sigue ahí encajado como puede. 


Empezar con una cita o con un chiste es siempre la duda de cualquier orador. La cita otorga credibilidad y el chiste baja la ansiedad del silencio previo a la intervención. Lo ideal es empezar con una cita chistosa. Joan Manuel Serrat cantaba en Esos locos bajitos como se gestiona la herencia adulta en los niños y cuántas herencias tóxicas se transmiten. Ojalá fuera esa la situación que, desde Aristóteles hasta hace bien poco, se había producido. La transmisión generacional de conocimiento en cascada donde la responsabilidad era adulta y hacia abajo. 


Decía Serrat en aquella canción “niño, deja de joder con la pelota” señalando metafóricamente ese espacio de incomodidad adulta frente a la actividad frenética de la infancia, ese espacio de incomprensión de quien dejó de ser lo que un día fue, ese espacio de pequeños pinchazos al confort de la responsabilidad y la rutina. Y luego seguía “niño eso no se toca, eso no se hace” vinculando la asimetría adulta con un cierto ordenamiento urbanístico de las parcelas de la maduración humana. 


¿Qué tiene que ver todo esto? Ahí vamos. Los niños saben más que los padres en algunas materias muy cotidianas. La transmisión de conocimiento es, por primera vez en la historia, generacionalmente inversa. La fractura digital generacional es un precipicio en el que caen cada vez más adultos y ya existen algunos jóvenes que escalan para salirse por el lado de la desconexión. Adultos que desconocen completamente el mundo virtual y viven ajenos a él. Jóvenes que buscan experiencias presenciales hartos de la interacción virtual. 


“Dios te libre de vivir tiempos interesantes” dice un proverbio chino porque son tiempos complejos y casquivanos (siempre había querido usar esta palabra). Muchos adultos van perdidos en la oscuridad de la caverna platónica mientras sus hijos juegan con las antorchas detrás de ellos. En resumen, muchos adultos no se enteran de nada de lo que sucede en la pantalla de sus hijos. 



Alguna pista debería darles su propia pantalla. Soy un gran fan de mi algoritmo y mi filtro burbuja. Nunca jamás había tenido acceso a tanta información interesante para mi. Sé exactamente lo que quiero saber y de vez en cuando reviento mi propio filtro burbuja con algún perfil fake antagónico en redes sociales. Me gusta mirar detrás de la cortina. 


Para quien no esté familiarizado con los términos mi algoritmo es mi conjunto de búsquedas, comentarios e intereses que he manifestado en mi itinerario por Internet. Todo queda registrado en los algoritmos de búsqueda y en mis cookies para ofrecerme productos (en sentido amplio, la gente también se ha convertido en un producto) que me puedan interesar. El filtro burbuja es el conjunto de opiniones que nos rodean y nos hacen sentir cómodos en nuestras creencias. Como decía, soy un gran fan de mi filtro burbuja incluso para pincharlo de vez en cuando. 


Sin embargo esta semana hemos tenido que tomar una decisión drástica. Las hijas de mi mujer usaban el perfil de su madre para ver Netflix. De manera que cuando entrábamos a intentar encontrar algo potable que ver nos recomendaba auténticas bazofias yankis adolescentes. Hasta ahí podíamos llegar. Se trata de un atentado claro contra el algoritmo auténtico y la pureza de nuestro filtro burbuja. Nos daba 97% de posibilidad de gustarnos cosas inverosímiles. Se trata indudablemente de un caso de terrorismo algorítmico de contenidos audiovisuales. Hemos tenido que instaurar una norma clara de gestión de contenidos: cada uno debe entrar con su perfil. El algoritmo es sagrado. Desde entonces vivimos cómodamente en un mundo donde las series escandinavas son un permanente gran éxito y los contenidos europeos son mayoritarios. Nuestro algoritmo desdeña la producción americana y nos ofrece un plácido resultado. Nuestro algoritmo forma parte de nuestra relación. Compartimos un algoritmo y una pantalla. Es más de lo que pueden decir muchas parejas. Mucha suerte en el laberinto. 

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