Cuando quedábamos los viernes....

Ustedes no lo saben per tras una cortina de micrófonos se esconde un spa del pensamiento. Antes de que la función empezara el telón ya se había subido. Acudía cada semana a beber un poco de conversaciones en las nubes. Abría la puerta con un abracadabra mágico que me identificaba "soy Carles" y sabía que arriba encontraba mi mejor terapia para los locos de la reflexión.

Cada viernes quedábamos. Y la gente no lo sabe pero escondíamos nuestros mejores pensamientos porque no podíamos evitarlo. A veces frente al micro resumiamos las conversaciones de fuera. El tiempo es un límite ilógico. Decidimos que los galgos no eran podencos, que los angeles eran pansexuales y que el mundo tiene remedio pero no lo sabe.

Quedábamos cuando llovía en el corazón de cualquiera de los tres. Quedábamos cuando el pensamiento había pasado por una ola de calor. Quedábamos invitando al viento y a la marea. Siempre quedábamos. Era como el ancla que te permite alejarte de la orilla sin perderte.

En todos estos años que quedábamos hemos subido a las montañas más altas de nuestras vidas, hemos caminado por rios de lágrimas, hemos mirado al horizonte con los ojos cerrados, hemos dormido al aire libre de la opinión pública. Expuestos voluntariamente al escarnio de la opinión de quien no te conoce.

Cuando quedábamos yo cometía errores. Tengo tendencia a llevar en la mochila los argumentos más originales que no siempre son los mejores. Será porque los otros ya los decían otros. Si a alguien le parecí soberbio fue porque los argumentos se me agolpaban en la cabeza mientras miraba el reloj que me guillotinaba las ideas. Si interrumpí demasiado fue por pura impaciencia, mi peor defecto. Por si era posible encabalgar argumentaciones. Me disculpo por ser demasiadas veces demasiado yo cuando quedábamos los viernes y un micrófono verde me dejaba hablar al aire.

No cuento los cumpleaños para no mirar al futuro de frente. Así que no sé cuántos años estuvimos quedando. Recuerdo vagamente huellas imborrables. Pronto argumentar mirando a los ojos será una constumbre nostálgica que Quico, Palmira y yo recordaremos con una sonrisa. Con Palmira aprendí a ser yo. Con Quico aprendí a ser él. El diálogo nos fue cambiando hasta mimetizarnos y acabábamos estando de acuerdo en estar en desacuerdo.

Cuando quedábamos los viernes el micro se cerraba en punto pero la puerta tardaba en cerrarse. Nuestos codos seguían intentando convencernos de que hablar es gratis pero cuesta mucho. 
Fue aquella época, cuando quedábamos los viernes, que intentamos hacer reir pero nos quedaba muy serio y volvemos a lo solemne de los himnos dialécticos. Al final es verdad; los que se pelean se quieren.

Si un día volvemos a quedar los viernes llevaré una cantimplora llena con las emociones que me regaló Quico y las lecciones que me dió Palmira de aceptación, adaptación y orgullo de ser uno mismo. El último viernes me compré un traje de autoestima que estaba de rebajas. No pude despedirme del todo. Es mejor así. Las despedidas son un adiós y yo solamente podía decir hasta siempre. 

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